Leonera


El adjetivo que mi madre solía utilizar cuando mi habitación no entraba dentro de los cánones del orden es “leonera”. Fundamentalmente el desorden se debía a una vida activa de entrada y salida del hogar, en que la acumulación de ropa y demás bultos provocaban en mi madre un ligero rechazo y por consiguiente el anterior adjetivo calificativo antes mencionado.
No entraré en detalles de cómo puede ser una leonera ya que nunca he estado en ninguna, pero parece que mi madre sí y no se me ocurriría dudarlo. La única duda que me podría surgir es si en el momento en que ella ha estado, ha sido con o sin leones dentro. La respuesta a esta duda está clara, ya que si exponemos que mi madre desarrolla habilidades del tipo: localización de elementos en entornos cerrados, aprendizaje y/o excelente coordinación a avanzada edad de ambas manos cuando una fuerza interior les motiva a impactar las palmas o dorsos de las manos sobre pómulos rojizos de jóvenes; eso lleva a un claro reconocimiento de su maravillosas habilidades y por su puesto la habilidad del uso de su refinado uso lingüístico. Por lo tanto, he de reconocer que mi madre de manera aislada, ha visitado jaulas de leones con ellos dentro.

Asociativamente me veo en la capacidad de saber cómo es una leonera, ya que la relación inteligente de la imagen de mi habitación en el momento del literal adjetivo, hace que tras más de veinte años haya creado una imagen mental de como son las características fundamentales que debe tener la mayoría de las leoneras.

Gracias a esta asociación de ideas, mi habitación estaba ‘como una leonera’ unas horas antes de que ella llegara a mi casa en una de nuestras primeras citas. Donde leones de gran pelaje o incluso las más astutas leonas de la sabana africana no dudarían en descansar tras su larga jornada, en conclusión una suite leonelera de cinco estrellas.
La idea básica consistía en: la conversión de habitación leonera a habitación ordenada con pequeños detalles de estrella de rock, la idea de crear una habitación perfectamente ordenada estaba en desuso. Para ello tenía un par de horas, la perfecta para la conversión.

El punto de partida sería comenzar por el escritorio, en el que se estaba haciendo un uso más bien de armario secundario, con camisas, chaquetas y pantalones de toda la semana.
Como perro pastor me sumí en mi tarea, fuera toda prenda de ropa hasta conseguir ver la silla. Como era obvio, la ropa superficial se mantenía apta para un segundo uso pero a media que quitábamos capas de ropa, esta se encontraba con cientos de arrugas más que la capa anterior. De lógica sería, la ropa limpia bien doblada y al armario, la sucia al cajón. Por suerte esa semana ningún calzoncillo con grafiti orgánico en su interior.

Devolver el portátil a la mesa, adiós a las tazas de café y envases de yogurt vacios con cuchara en el mismo que vence a las leyes de la gravedad en caso de poner el recipiente boca abajo. Adiós a cartas, papeles, periódicos, bolsas vacías, tickets de compra, etiquetas de prendas de ropa, cargadores de aparatos electrónicos, monedas de céntimos, … como toque alternativo al escritorio ya extremadamente ordenado tipo Ikea, dejaría una entrada del último concierto doblada por la mitad, un recipiente de las lentillas y mi calcetín desparejado sobre cualquier parte de la silla.

Segundo punto, la mesa de noche. Esa gran olvidada con esos mismos elementos que años atrás, pero la que más dolores de cabeza me da a la hora de ordenar. Sobre ella existe un elemento que trilla mi felicidad. Un elemento que agota mis ganas de vivir, un elemento que hace que la habitación no esté en equilibrio, y que soy incapaz de eliminar ya que mi esperanza de encontrar la otra mitad del elemento es superior que cualquier cosa. Este elemento se encuentra en todas las mesas de noche del mundo. Este elemento es la tapa del boli bic, a veces mordida y la mayoría de las veces azul e ínfimas veces negra. No será capaz de imaginar una mesa de noche con una tapa de boli bic roja, sé que existe, pero ni funciona ni funcionará dicho boli bic.

La tapa viaja a lo largo y ancho de la mesa, pero sin salirse de ella. A veces en paralelo con los bordes de la mesa, a veces al pie de la lámpara o sobre cualquier bote con superficie plana que permita su estabilidad. Jamás se me ha ocurrido tirar la tapa, siempre he esperado, y sé que más pronto que tarde aparecerá el boli sin tapa.

Continué en mi labor de ordenarlo todo, también eliminé algunos pañuelos usados, de los cuales algunos de mocos otros no. A este ritmo lo tendría todo preparado, y gracias a las pinceladas del barrer o el pasar un paño húmedo sobre superficies planas me convertiría a ser el único habitante de la habitación peluso. Junto con un escritorio y una mesa de noche ordenada solo faltaba el toque artista. Para la mesa de noche sería finalmente un libro. Después de descartar libros con título como: “La vida salvaje en África”, “La felicidad”, “¿Cómo arreglar tu bici en casa?” o “Barcos y aviones de la guerra”, me decidiría por uno que aún no había empezado ni a leer, pero que las referencias eran excelentes. Otro punto a tener en cuenta sería el marcador del libro. Sería una entrada de una feria de arte moderno que me encontré del antiguo inquilino que iría entre la página 288 y 289, totalmente al azar entre el desarrollo y el desenlace del libro.

Tras hora y algunos minutos sólo quedaban algunas cuestiones poco importantes como dobladillo de la cama por dentro o por fuera, tenis o zapatillas bien colocados o soltados al aire y que cayesen por defecto, mas y pequeños detalles que sólo la falta de tiempo hizo mi toma de decisiones. Luego sonó el timbre de la puerta, ella había llegado.

A la mañana siguiente, con un ojo abierto y el otro cerrado por la claridad percibí un caos de habitación ordenada y por supuesto, ella a mi lado. El orden imperaba, eso era cierto, pero había cosas que no estaban en su sitio, pero era lo que menos me importaba, había pasado una noche increíble y me sentía bien. Y eso que no fue agradable cuando la noche anterior ella vio el libro de toque alternativo sobre mi mesa de noche, ya que se emocionó dado que era uno de sus favoritos mientras que yo empecé a sudar con sus preguntas acerca del libro…
La resaca era algo ligera, me incorporé para buscar algo de agua en la cocina y aún sentado sobre la cama, la observé. Descansaba de forma relajada, un haz de luz que se colaba por la ventana le acariciaba su dulce rostro, de la calle se colaban los canticos mañaneros de una pareja de gorriones, el olor muy característico de las mañanas de domingos, ya que se instalaba cada mañana un mercadillo de flores…Pues bien, no fue así, la realidad no fue esta. Lo único real fue que descansaba relajadamente, pero la luz que se colaba por la ventana era gracias a un hueco que tiene el estor. El sonido que entraba por la ventana no era sonido, era ruido. Las vías de tren justo a unas decenas de metros hacia que vibrara todo, incluso el estor con su oportuno hueco y si vibra el estor, vibra el hueco. Por lo tanto, a medida que se aproxima el tren el punto de luz en la habitación comenzaba a agitarse y para cuando el tren estuviera en su punto más cercano con la habitación, el punto de luz sería como un haz de luz de discoteca con la mala suerte que el punto de luz pasaba sobre mis parpados haciendo que me despertara y me acordara de la madre de quien colocó ese estor. No me quedaba otra que darme la vuelta y pasar mi brazo por encima de ella. Esto ocurría entre cinco y siete minutos, que es la frecuencia con la que pasan los trenes a partir de las 6.00am
Lo que sí parecía perfecto era la mesa de noche, colocada sutilmente. Quedé como hipnotizado varios segundos mirando la genialidad de una mesa de noche ordenada hasta lo que vi redujo mis movimientos y aceleraron la tensión. De manera milagrosa el boli sin tapa estaba sobre la mesa de noche. La adrenalina corría a la vez que imagina volver a unir la tapa y el boli pero me sentía torpe con la coordinación de las manos para buscar la tapa. Aún con las manos algo sudadas de los nervios conseguí remover la mesa de arriba abajo, de lo largo a lo ancho con bastante cuidado de no despertar a nadie. Tras más de cinco minutos de intensa búsqueda, tuve que asumir el chasco, entre el enredo de la noche, la tapa azul del boli bic era ahora la que estaba desaparecida. Había ocurrido todo de forma muy rara, la tapa había desaparecido de la mesa de noche como por arte de magia igual que ella, la chica, al cabo de unos meses. FIN.

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