Las escalinatas
Eran muchos los motivos que te hacían ir. Podía ser el aburrimiento, volver a ver al chico o chica que te gustaba, bastante frecuente en esas edades. Privilegiados aquellos que le preguntaron de forma literal: ¿Quieres el ligue? Quizás fuera retomar la conversación del día anterior o mala suerte si tus amigos se metían contigo, debías cortarles el rollo, para ello necesitabas un buen recital de “cortes”. Una vez metido un “corte” venia la peculiar frase que alzaba dicho “corte”, esta decía así: “Tain peta”. Fuera cuales fuera los motivos, las tardes sentados en las escalinatas de la Plaza San Agustín han sido muchas.
Llegada las primeras tardes del curso, cuando aún no teníamos programadas esas clases particulares de todo tipo y color, siempre había alguna tarde de aburrimiento en casa. Qué mejor forma de distraerse que ir a la plaza San Agustín a ver si veíamos a alguien. Ir a la plaza sólo sin saber quien estaba no era nada fácil. Una vez llegábamos allí, suerte la nuestra si encontrábamos a algún compañero o amigo. Pero que pasaba si las personas que estaban allí sentadas eran “los mayores”. La estrategia de escape era la siguiente: mirar desde lejos, caminar hacia la plaza, seguir mirando de reojo una vez cerca para comprobar que no los conoces y reafirmar nuestra desdicha. No nos quedaba otra que seguir con la estrategia de evasión. Por supuesto que decenas de pares de ojos de las escalinatas observaban tus movimientos. Debías seguir caminando, pasar por delante de la plaza y seguir de largo, como si tu madre te hubiera mandado a algún recado. Ya habría más adelante un escaparate donde pararnos, mirar a los lados, comprobar que nadie nos mira, dar la vuelta y volver a casa.
Como en cualquier civilización, las escalinatas también tenían su propia jerarquía. Cuantos más escalones quedaran a tus pies, mayor era tu grado. La escalinata tenía dos partes separadas por un rellano. Los primeros escalones no eran para nosotros, eso eran para los más pequeños. Nuestra parte era el final de la primera parte de escalinatas, justo antes del rellano. Desde allí teníamos buena vista de lo que acontecía en los aledaños y de vez en cuando nos girábamos hacia arriba y veíamos a “los mayores” en la última fila de escalones, algún día nos tocaría sentirnos como ellos. Pero lo que sin duda nos sorprendía era aquellos que estaban más allá de la última fila de escalones. Solían estar en los bancos redondos, en la parte de arriba de la plaza. Cigarros, libertinaje y algún porro les hacían ser “los malotes”. Pobre de ti si tu madre te veía por allí…
Toda la tarde allí sin llevarnos algo a la boca iba produciendo algo de gazuza. No valían las pipas, ni el arroz inflado. Lo mejor era las empanadillas de atún de ‘Fresa y Nata’. Que envidia provocabas si podías permitirte ese día una empanadilla. Como éramos conscientes de ello, compartíamos. Sabíamos que la próxima semana no tendríamos dinero para ella y que nuestra buena acción se vería recompensada. Era como un juego de apuestas. Recuerdo que algunos guardaban tanto tiempo esos vales de “mordida empanadilla” que un día recuperaban toda su inversión comiéndose el equivalente a una empanadilla con muchas mordidas de los demás. Yo jamás lo hice, aparte de mucho esperar, tenías que tener mucha fuerza de voluntad para no pedir una mordida y esperar a la oportunidad perfecta. Hay que destacar que no eras tú quien elegía el tamaño de la mordida, era tu dadivoso amigo quien se ocuparía de poner los pulgares para limitar la mordida.
Todos lo hacíamos, limitar la mordida con los pulgares tenía sus ventajas, aparte de conservar tu respeto e imponer tú la correspondiente ración, tenía también sus inconvenientes. Aún recuerdo aquella vez cuando puse mis pulgares limitadores y él, mi compañero privilegiado, procedería a disponer de su sustentosa ración de la siguiente forma: él pondría sus manos sobre las tuyas, abriría la boca, salivaría con creces y sus dientes entrarían en contacto con mis dedos… ¿pero qué pasaba? Si los dientes están en contacto con mis pulgares, ¿donde encajarían sus labios? No había sitio para ellos. Estos descansarían sobre mis pulgares, por lo que su mordida seria del tipo besugo.
Me atrevería a decir que las generaciones icodenses de los 70, 80 y principios de los 90 han pasado muchas tardes sentadas en las escalinatas. Por eso para nosotros se ha convertido en el centro neurálgico de Icod. Es por eso que ahora, una vez partido el año, vamos todos por allí a sacarnos la foto y a romper la copa de champan.
ayyy Yeray.... lo de la copa de champán no existió antes de nuestra época, me refiero a mi generación... y lo de la foto tampoco.... no había cámaras digitales.
ResponderEliminarTodo fue un cúmulo de casualidad sin querer,. siempre en S Agustín, fin de año con la tradición de la copa (empezaron los 150 y podías comprar una, camaras digitales, fiesta en el cine o en la tasca, la guagua si ibas al polígono y no al cine te pasaba a buscar por allí... luego ya ustedes (otra generación) simplemente se dejaron llevar...