Primeras marchas
Que momentazo aquel cuando únicamente conectaban el foco flash,… Bailabas y parecía que tu baile era como un robot. ¡Era cierto!, tu baile en plena marcha de las Fiestas del Cristo junto con el foco flash creaba un efecto óptico que te hacia creer ser el rey de la pista, innegablemente, al igual que el resto. Era el mejor momento para mover todo el esqueleto, cabeza, brazos, cintura,… ideal para lucirnos ante la chica/o. La inexperiencia nos hacía hacer cosas que con el tiempo, obviamente aprendimos. Había personas que cuando llegaba el momento del foco flash, su baile en sí era de la modalidad robot. Es decir, que si sumamos el efecto del foco flash más el baile robot del sujeto, veíamos un baile paranormal. Si las fases del tiempo coincidían todo bien. Pero en el momento que estuvieran descoordinadas las paradas del sujeto con las partes oscuras del foco, era de enmarcar la parte visible. Veíamos lo que se conoce como “el doble efecto robot”, una persona de un lado para otro como si espasmos invadieran su cuerpo, algunos creían que el mismísimo diablo se había apoderado de sus movimientos, o para las señora de la tercera edad “jóvenes bajo los efectos de la drogaína” ; esto era bastante llamativo. Pero suerte la tuya si el sujeto llevaba complementos del tipo gorra y tenis reflectantes, sobran las palabras, esto fue exclusivo de algunos. Si esto último fue para unos pocos, no quiero imaginar aquellos que fueron testigos de algo que pasará a los anales de la historia. Mejor que ver las siete maravillas del mundo, mejor que las auroras boreales, mejor que un eclipse, mejor que el cielo estrellado en el desierto, mejor que los cortados del Campo Sol y mejor que el pan del Bar Los amigos… Yo jamás lo vi, pero me lo contaron. El momento era el siguiente: Ver a un sujeto con gorra, o en su defecto, el corte de pelo “herradura” con las puntas ligeramente rubias, mejor dicho; descoloridas por agua oxigenada, camisa de manga recortada de la marca “Bad Boy”, tenis reflectante como complementos. Conectar el foco flash y que esta persona baile el doble efecto robot y para más inri, se descoordine con las fases de tiempo conexión/desconexión de foco flash. Ver esto y que justo en este momento lancen un torrente de humo de discoteca… De pensarlo se ponen los pelos de punta. De la retina no se borra esta imagen tan fácil. Todos vimos alguna situación similar.
Tras esto, surgía la necesidad de tomar algo. Aquí entra a formar parte de esta historia ese amigo denominado por tu madre como “el lanzadito”. Ese amigo que nunca se nombraba cuando los planes del grupo provocaban en tu madre un ligero rechazo. Indiscutiblemente ella, tu madre, preguntaría si éste sujeto iba a ir en nuestra aventura, que generalmente consistía en salir del pueblo y particularmente era ir al Lago Martianez desde por la mañana hasta por la tarde, con almuerzo en el McDonald y llegar a casa quemado, asado y tono de piel rojo camarón… Tras esta aclaración, como decía, tras bailes ‘doble efecto robot’, nuestras gargantas se resentían. Debíamos esperar a que nuestro amigo ‘lanzadito’ nos dijese: ¿nos pedimos una copa? No había dudas, estábamos allí para ello. Implacablemente todos nuestros sentidos se agudizaban. Nuestro alrededor comenzaba a estar bajo un control absoluto. ¡Incluso los balaustres de la plaza que daban a la calle! Con todas las zonas controladas íbamos directos a cometer el delito. Queríamos que el acto fuera rápido y preciso. Para ello, ya unos minutos antes, en la pista de baile, habíamos sacado la cartera, contado el dinero y guardado la cartera nuevamente, que ya no era reef sino de croché con la bandera tricolor rastafari y la hoja de marihuana a punto de cruz. Había que esperar el momento oportuno, aquel que tuviéramos un hueco en la barra. En todos los casos, para todos fue la esquina de la barra de la cantina. Esta esquina era perfecta a pesar de no tener donde apoyar la bebida, teníamos un tubo que bajaba del techo y era perfecto para ocultarnos y camuflar nuestra identidad. Con todos estos factores a nuestro favor nos decidíamos con nuestros primeros pasos. Cuanto menor era la distancia con la barra, mayor era la sudoración de nuestras manos. Nuestro amigo iba delante. Nosotros dos pasos por detrás. Una vez allí, te tenías que hacer el mayor, hacer como que no es la primera vez. Mi amigo pide primero y yo detrás pidiéndole un malibú con seven-up con la voz ronca y como si la fiesta fuera una mierda y estabas allí por compromiso. Una vez servida la copa, le entrego el dinero justo con las monedas todas sudadas y pegadas unas con otras, nos alejamos un poco de la barra y nos tomamos el combinado como si un zumo de naranja mañanero fuera. Una vez injerido, el comentario era el siguiente: “Pues esto a mí no me hace nada”.
En eso consistía las primeras marchas, en pedir y probar combinados, ya desde chiquitos tu padre te dejaba tomarte media copa de sidra en fin de año…mal comienzo. Estas pequeñas dosis son las que nos han hecho ser la generación de ingestas incontrolables de alcohol, la generación del botellón, la generación del “yo si no bebo no salgo…”, en fin “El botellón” tema que puede llevar algunos folios.
En ellas, las primeras marchas, éramos curiosos y queríamos probar nuevos sabores y nuevas sensaciones. Voy a catalogar como “primeras marchas” a aquellas que teníamos hora de llegada. Era fácil, antes de salir de tu casa, tu madre, aparte de darte algo de dinero, ella te perfumaba, te decía lo guapo que ibas, te decía lo orgullosa que estaba de ti, te advertía de los peligros, te alertaba que había gente que metía sustancias en los vasos, te recomendaba llegar a casa acompañado de un amigo, pero que ese amigo no fuera el último en irse ni el “lanzadito”, al igual que de decía: ¡No te dejes llevar por “el lanzadito”, ten personalidad!, etc. Un sinfín de consejos, todos ellos desde la veteranía y la calma. Hasta aquí todo bien, madre simpática, alegre, moderna,… Después de todo esto tocaba ponerse dura, cambiaba el tono de voz y te advertía que como fueras capaz de retrasarte una milésima de segundo ibas a saber lo que es bueno,… Para ello se habían sincronizado los relojes de antemano para que no hubiera lugar a dudas.
“Ibas a saber lo que es bueno”, “El horno no está para bollos”, “Como te ponga las manos encima”, “Pobre de ti si te cojo”, “Como te vaya pancima (para encima),que baje dios y lo vea,”, “Ni yo misma me reconozco”, “Mantengamos la fiesta en paz”. Estas o similares frases son las que tu madre te decía si querías mantener viva la esperanza de un fin de semana lúdico, para hacer cosas..como por ejemplo..ir al cine Fajardo. Para ello debías obedecer, y llegar a la hora porque si no mal asunto. Aún recuerdo, común por todos, tanto de cantidad de veces como en cantidad de personas a los que le ha pasado, esos duelos astutos de madre-hijo.
Pongámonos en situación, tú has infringido la norma, has traspasado la línea consciente o inconscientemente y nos has obedecido, y las palabras de advertencia ya las has agotado todas. Este duelo comenzaba huyendo por tu casa con la inocente idea soñadora de ser absorbido por la tierra y desaparecer ante la situación. Corrías tanto que llegabas a tu cuarto e ibas hasta el final, junto a la ventana. ¿Por qué íbamos hasta allí? ¿Qué esperábamos? ¿Encontrar un pasadizo secreto hasta ahora no visto ni por ti ni por nadie de tu familia? No lo entiendo… Como tampoco entiendo que tu madre corriera detrás de ti por toda la casa, incluso tirando alguna chola hasta justo antes de entrar a tu cuarto, entonces ahí se quedaba en la puerta, ¿Cómo es posible? Tanto corres para ahora quedarse en la puerta…. Es aquí donde empieza otro tipo de duelo, el verbal. En este momento había varias fases.
La primera fase era la rebeldía. Tu madre te sugería que fueras hacia ella. Tú, desde tu actitud chulesca le decías que no y te convertías en el chico antisistema. Con esto conseguías increpar al personal. Frases del tipo “He dicho que vengas para aquí”, “O vienes o que te pille San Pedro confesado”, hacía por momentos que parecieras el rebelde número uno. Conocías el canon, sabias perfectamente que el tiempo que permanecías sin hacer caso frente a la fuerza del tortazo era directamente proporcional. Una vez más, confiabas en que ya había llegado el momento; ser adulto y que tú madre razonaría contigo…pensabas en tus compis de clase y sus comentarios...”pues mis padres ya no me sacuden” Para conocer realmente si ya eras adulto, te dabas a ti mismo un margen de tiempo, siempre relativo. Este margen era el cual el justo con su equivalente fuerza del tortazo podrías aguantar, una vez llegado a ese punto sabía que debías decidirte y lanzarse por el tobogán de las sacudidas…
Tras observar que ella mantenía el tino y tú, con la negativa a ir, conseguías incrementar el tiempo del tobogán, entrabamos en la segunda fase. Se conoce como la fase de aceptación del error, generalmente tras esta aceptación expresabas carcajadas, que no eran de risa, sino de los nervios a cruzar, ahora si sabíamos que aún no éramos adultos. ¡Pero claro! Quizás era mucho tiempo invertido y el tobogán de las sacudidas ya no era una diversión… La culminación de esta fase era la otra frase oportuna de tu madre: “Tú riete, que después de las risas vienen las lagrimas”
Seguidos de las carcajadas jocosas se entra en una nueva fase conocida como de empatía. Habías agotado mucho tiempo, te arrepientes de no haber ido hasta ella antes y que la duración del tobogán fuera menor. Le argumentas tu negativa a aceptar su petición. Le haces ver el por qué de no ir. Por esto, dices una frase, mejor dicho, dices “la frase”. Esta frase decía así: “Pero si me vas a pegar”. No sirve de nada, el daño ya estaba hecho. Por lo que recibes la única respuesta: “He dicho que vengas”
Última fase, la valentía. Ahora todo transcurre a cámara lenta, tus brazos forman un escudo sobre tu cabeza, a la vez que piensas… ¿Por qué coño que habré quitado la chaqueta? seguro que amortigua, ¿y el casco?, ¿y las rodilleras?,¿ y las coderas…? Entonces encoges tanto la cabeza que queda totalmente sumergida entre pecho y abdomen, solo ves tus pies que marcan tu camino que con una enorme galopada corres hacia tu madre. Cubres mejor la parte izquierda, para aquellos de madres diestras... jejejej[risas] Es una broma, lo siento crédulos, las madres son ambidiestras. Justo el momento del cruce por ella, la entrada al tobogán, se colocaba los codos para arriba, con la intención de que aparte de ser un escudo, ¡si es un escudo con pinchos, mejor! Como los que salen en Ben-Hur, la película.
Tras rebasarla, veíamos la luz de la salvación o eso creíamos. No me preguntes como, pero conseguía meter la mano, sabe dios si la izquierda o la derecha, e impactarnos el letal y certero tortazo con su frase por consiguiente, muchas veces oída en muchos monólogos, “No llores que mas que duele a mí”
Había miles y de distintos tipos, me refiero a los tortazos. Gracias a ellos entendí a temprana edad la Ley de la Conservación de la Energía que dice algo como “la energía ni se crea ni se destruye, únicamente se transforma”. Claro que se transforma, de un movimiento cinético de arriba abajo con masa correspondiente a unos 2000 gr del brazo, junto con el cuadrado de una velocidad final de unos 4 m/s y todo esto partido por 2 pasamos a: convertirse mi mejilla en una plancha de 200 grados Fahrenheit para freír perfectamente un huevo.
Para que después digan si son palizas,no perdona! Sólo era educación.
Desde aquí hago el llamamiento a recuperar el lema “un tortazo a tiempo quita mucha bobería” Gracias a ellos hemos salido sanos, educados y sin traumas de ningún tipo. Para ser concisos y no se me malinterprete, me refiero a ese tortazo que le falta al típico niño de hoy en día el cual lo vemos en el centro comercial haciendo de las suyas y pensamos en la frase: “Si lo pilla mi madre, le da uno a él y otro a la madre”.
Niño, te falto incluir la típica frase de las madres que te dicen justo cuando ya tas cerrando la puerta... "TEN FUNDAMENTO!!"
ResponderEliminarBuenísimo.Soy una madre "de esas" y me he reído muchísimo.
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